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Vivir en Cuba y ser Queer ha sido elección. Mi vida es un fino equilibrio entre el ejercicio de la maternidad, el feminismo y el marxismo crítico.

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domingo, 22 de febrero de 2015

El díficil juego de la honestidad

Entrevista por Boris Leonardo Caro

Conocí a Yasmín hace 18 años. De pie, rodeada de centenares de adolescentes incrédulos, ella reclamaba el derecho a un premio que nos habían arrebatado. Lloró de rabia aquel día, pero la dirección del colegio internado donde estudiábamos mantuvo su decisión injusta. Nosotros, sus condiscípulos, nos resignamos sin demasiado alboroto.

Yasmín se presenta como “feminista, marxista y no heterosexual”. Una definición extraña: en Cuba la Constitución garantiza la igualdad entre hombres y mujeres; el socialismo se derrumbó hace casi 30 años en Berlín y ella se casó con un tipo muy singular, Rogelio, que combina la física nuclear con la literatura y el activismo político.

“No soy una contradicción andante, sino una persona que prefiere jugar la carta de la honestidad, siempre que sea posible”, replica. Yasmín dista de ser la típica intelectual de izquierdas que alecciona al mundo desde un cómodo apartamento en una capital europea o latinoamericana. Habita un hogar de tres generaciones, en una casa que no disimula la pobreza. Como la mayoría de los cubanos, sobrevive con poco más de lo imprescindible.

“Soy feminista porque, aunque hay igualdad nominal de derechos para hombres y mujeres en Cuba, no hay igualdad práctica”, me aclara, antes de refutar mi teoría sobre el fin del socialismo. “¿Era socialismo eso de Europa Oriental? Yo creo que no. Cierto, se llamaban socialistas ¿y qué? ¿Tú le crees a la gente todo lo que dice de sí misma?” Y luego me aclara que no hay contradicción en su matrimonio con un hombre, porque lo ama, aunque ella no sea heterosexual.

Arcoíris en un país machista y homofóbico

En julio de 2011 Yasmín fundó una organización independiente para luchar “contra el estigma y la discriminación por orientación sexual e identidad de género”. El grupo aspira a desbloquear las leyes que sustentan la homofobia más o menos solapada en las instituciones. Para un lector inocente de la Constitución de la nación comunista, los propósitos del Proyecto Arcoíris carecen de sentido.

“Nuestra Constitución es muy bonita en algunas partes –de otras ni hablar-, pero carecemos de leyes que la implementen”, señala Yasmín. “Tampoco tenemos costumbre en Cuba (yo no sé si se perdió o nunca la hubo) de acudir a la Ley para resolver problemas que no sean claramente contractuales o judiciales”, dice.

La activista me recuerda que los cubanos acuden al gobernante Partido Comunista para reclamar sus “derechos humanos y ciudadanos”, o negocian entre ellos. “No tengo nada en contra de las conciliaciones, pero no funcionan en casos de discriminación, porque ofensor y ofendido nunca estarán a la par. Quien discrimina tiene de su parte las costumbres, la cultura”, sostiene.

Sin embargo, la sociedad civil en Cuba parece ahogada ante la omnipresencia del Estado y el control del Partido. ¿Cómo mantener una organización al margen del reconocimiento político y el apoyo financiero del gobierno?

“El Proyecto Arcoíris es una de las pruebas de cómo la hegemonía política de Cuba cede un poco”, indica Yasmín. Internet les ha permitido organizarse y darse a conocer. En 2014 la Asociación Internacional de Gays, Lesbianas, Bisexuales, Trans e Intersexuales (ILGA) los aceptó como miembros plenos, una pequeña victoria pues hasta ese momento no había grupos cubanos independientes en esa organización.

Quienes siguen desde fuera al movimiento LGBT en la isla saben cómo Mariela Castro, la hija del actual presidente, ha monopolizado el tema. Castro dirige el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), el cual ha reconocido a Arcoíris “como interlocutor legítimo, aunque siempre que pueden nos ignoran”. “Nosotros tenemos que criticarles si no las políticas del estado nunca van a mejorar”, explica.

Arcoíris se mantiene gracias al voluntariado, personas que aportan una parte de sus ahorros, otras prestan un sitio donde reunirse… También podrían acceder a la red internacional de apoyo a grupos que reivindican la diversidad sexual, “pero la mala conectividad a Internet dificulta la información y el bloqueo de Estados Unidos impide a muchas entidades darnos la mano”, lamenta la activista.

El futuro de Cuba

Hace algunos años compartí con Yasmín mi esperanza de ver a una mujer negra como presidenta de Cuba. En esos días celebrábamos en la isla la primera elección de Barack Obama. El 17 de diciembre pasado el presidente estadounidense, en un gesto histórico, anunció el cambio radical de la política hacia el país de sistema comunista. Del otro lado del estrecho de la Florida, Raúl Castro informó sobre el acontecimiento, cuyas consecuencias trascenderán el fin oficial de su mandato, en 2018.

“Hay días en que todavía no me lo creo ¿sabes? ¿Cuántos nacimos con la Ley de Ajuste Cubano y bloqueo? ¡Es nuestro mundo!”, confiesa Yasmín. Su mirada, no obstante, se aleja de la complacencia hacia ambos gobernantes, que “cambian los modales, pero no los intereses”. La integrante de Arcoíris desconfía de la intención de Washington de impulsar la democracia en Cuba, así como de la intransigencia ideológica de La Habana.

Le preocupa más el juego en la élite política de la isla. “En 2018 las fracturas dentro de la cúpula del poder cubano se harán más distinguibles. No soy demasiado optimista sobre ese viraje, pues carecemos de legislación y cultura para funcionar sin liderazgo carismático y sin represión sistemática”, considera.

El sucesor de los Castro “tendrá que gobernar un país desindustrializado, corrupto, con falta de agua y alimentos, envejecido, con alta tasa de migración, sin leyes de protección ciudadana, con un ejército muy fuerte y en el foco de las tres potencias mundiales: Estados Unidos, Rusia y China”, afirma antes de preguntarme “¿Conoces mejor receta para la inestabilidad política?”

Yasmín pertenece a la generación que llegó a la adolescencia en los peores años de una crisis económica interminable. Licenciada en Teatro en el Instituto Superior de Arte de La Habana, ha dedicado más tiempo a la literatura, el periodismo y el activismo social que a los escenarios. En el cénit de su juventud, mira con cierto temor el presente de Cuba por el retroceso de los derechos de mujeres, trabajadores y afrodescendientes.

“Llevará a Cuba tiempo y dolor recuperar algo similar a la democracia –de cualquier color”, asevera.

Sobre la posibilidad de una presidenta mujer o un gobernante negro, responde con escepticismo. “Yo creo que a Cuba le llevará al menos una década tener un presidente electo por voto popular en elecciones creíbles. Ese sería el primer paso ¿no?”, apunta.

Se conforma, en fin, con cualquiera “medianamente honesto que no sea títere de la casta militar-empresarial que se está apoderando del país”. Sin embargo, hasta esa posibilidad se augura difícil, tanto como “tumbar un monte de marabú” y hacerlo productivo, todo un símbolo de los grandes problemas pendientes para el gobierno de la isla.

Termina la entrevista y regreso a su pregunta “¿Tú le crees a la gente todo lo que dice de sí misma?”. Sí, le creo, aunque no me abandone la imagen de aquel día en la plaza del colegio: Yasmín de pie, rodeada por la incomprensión de sus compañeros, pero decidida a defender su verdad, contra vientos y soledades.

Tomado de Yahoo Noticias

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