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Vivir en Cuba y ser Queer ha sido elección. Mi vida es un fino equilibrio entre el ejercicio de la maternidad, el feminismo y el marxismo crítico.

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lunes, 20 de octubre de 2014

De cuerpos de guardia, internos y prejuicios

Una amiga me comenta que tuvo a su hija adolescente enferma la semana pasada.

“Tu sabes que vivo a tres cuadras del Pediátrico de San Miguel del Padrón,” me cuenta “pero llevar a la niña casi a rastras esa distancia le zumba. El cuerpo de guardia estaba lleno de pacientes, ¡tremenda cola! Si, claro, había estudiantes, pero nadie quiere que le atienda un estudiante. Por eso las cuatro doctoras de guardia no daban abasto.”

Hice una mueca de incomprensión. ¿Por qué alargar la espera de un niño enfermo si tienes médicos internos? Pero me contuve de comentar, la cosa ya pasó y ella no me lo cuenta para pedirme consejo. Sigue con su historia.

“Estuvimos ahí como desde las diez de la mañana hasta la una de la tarde. A pesar de los pedidos de las doctoras, la gente se resistía a ir con los internos, así que ellas forzaron la mano al marcharse del cuerpo de guardia. Imagino que estaban cansadísimas. Yo me lleve a la niña de vuelta para la casa y volví por la noche, cuando por fin me atendió una doctora de verdad. Todo un día para conseguir un reconocimiento y un par de análisis.”

Mi amiga y yo pasamos de tema en tema para ponernos al día, luego entramos al seminario que nos ha reunido y nos despedimos hasta la próxima. Al llegar a casa, el asunto de su larga espera en el pediátrico aún me ronda la cabeza. ¿Tenían razón ella y los otros adultos que se resistieron a que sus niños fueran atendidos por internos? No estoy segura.

De ese hospital pediátrico cercano a la Virgen del Camino, la antigua Quinta La Balear, no tengo recuerdos personales. Aunque me crié en Regla, y ese era el hospital que me correspondía, la última vez que mi madre me llevó tenía un año. ¿La razón?

Llegamos pasada la media noche, yo lloraba sin parar. No tenía heridas, erupciones o fiebre. No había doctores en el Cuerpo de Guardia. La enfermera explicó que estaban en el salón de operaciones y mis padres se sentaron a esperar. Una hora después yo seguía llorando en el salón y mi madre tuvo suficiente.

“¿Dónde está el médico?” exigió a la enfermera.

“Ya le dije que en el salón de operaciones…”

“¿Dónde está el salón? ¿Por allá? Voy a sacar a uno para que atienda a mi hija.”

“Usted no puede…”

Mi madre, se imaginarán, no se detuvo a escuchar argumentos sanitarios. Veinte metros dentro del pasillo, le salió al paso la médico de guardia, restregándose los ojos y con el pelo como erizo: estaba durmiendo. Quedó claro que la muy descarada había dado instrucciones de no ser despertada sino mediaba una emergencia. De ahí en adelante fuimos al pediátrico de Centro Habana.

Han pasado treinta y tres años, el problema de La Balear ya no parece ser la falta de médicos, sino la edad de los mismos. ¿Es la juventud de un médico criterio para negarse a ser atendido?

Cuando nació mi hijo, ya tenía suficientes kilómetros de hospitales recorridos como para juzgar, al menos, los procedimientos médicos básicos. Es así porque viví tres meses en un hospital cuando tenía diez años y después seguí dando tumbos por institutos y consultas, desde gastroenterología hasta oftalmología, desde el Pediátrico “William Soler” hasta el Clínico Quirúrgico “Hermanos Amejeiras”.

Luego, varios compañeros del bachillerato estudiaron medicina, oí sus quejas y amores en cada reunión –no hay recursos, la gente no sigue el tratamiento, esta rotación da asco, tardan mucho para traer a los niños a consulta, metí la pata y por poco se me muere un paciente, etc. Además, mi esposo Rogelio trabajó varios años en el CIREN, lo que añadió una perspectiva clasista al asunto: no te tratan igual allí que en el Calixto García. ¡Seguro!

Entonces, comparo la experiencia referida en La Balear con las mías en el Juan Manuel Márquez, que atiende a Playa, Mariano y La Lisa. En cinco años, acaso me atendieron tres médicos mayores de treinta años en Cuerpo de Guardia.

Hubo noches con el salón lleno de ataques de asma y fiebres. Mañanitas vacías, de esas en que los médicos charlan en la puerta y te conducen personalmente hasta la consulta. Una vez, llegamos al mismo tiempo que un par de ambulancias con niños heridos en un choque de autos.

Aclaro también que todo tipo de gente va al Juan Manuel Márquez: nuevos ricos de Miramar, intelectuales que apenas llegan a fin de mes, emigrantes de los barrios marginales de La Lisa. Se sabe por las ropas, los acentos, el modo en que tratan sus teléfonos celulares –como un tesoro o un artefacto desechable–, por el transporte en que llegan al hospital.

Allí, mi hijo ha sido auscultado por manos de Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Argentina, Uruguay, Camboya y Cuba. Nunca dudé al encontrarme con un interno, ni vi a otros padres expresar reservas al respecto. Acaso porque comienzan, los internos están conscientes de que están lejos de saberlo todo, y esa dosis de modestia es importante cuando se tiene en la mano una vida.

Los internos con quienes he chocado fueron exigentes en la entrevista sobre los antecedentes del paciente y los síntomas que condujeron al hospital, lentos y metódicos en el examen clínico. En varias ocasiones tenían sobre la mesa libretas para consultar las prescripciones y calculadoras electrónicas para ajustar las dosis –y mientras escribo esto, descubro que me gusta esa humildad.

Nunca me dejaron ir sin advertirme “y si no mejora en el lapso indicado, no espere más y regrese al hospital”.

Cuando único escuché de un mal manejo en ese hospital fue por la cocinera de mi trabajo: llevó a su nieta y una doctora –cuarentona– aseguró que no encontraba nada y debía llevarla a casa para “observación”. Gracias a la molesta insistencia de la anciana, accedió a indicar exámenes de orina. Resultó que tenía una infección de riñones asintomática.

No quiero decir con esto que el Juan Manuel Márquez sea mejor que La Balear –todas las instituciones tienen esqueletos en el armario–, sino que dudo que el eslabón más débil del mecanismo de atención en los Cuerpos de Guardia sea la proporción entre residentes y doctores.

Comento el asunto con mi madre, que –ya se habrán dado cuenta– es muy exigente en cuanto a cómo se comportan los médicos. Además, su edad y aventuras le hicieron ver el florecimiento y deterioro del sistema de salud cubano. Empezó a recorrer consultas en la década de 1960, por las cataratas de su hermana menor.

“Nunca juzgué a un médico por su edad. Cualquiera sabe que para aprender a curar hay que empezar de joven. No me importa si alguien es hombre, mujer, negro, blanco, joven viejo, amanerado o con pantalón a la cadera. Yo me fijo en que sea cuidadoso en el examen, convincente en el lenguaje para dirigirse a mí y explicar su diagnóstico. Esos son los elementos que me permitirán tener confianza o pedir otra opinión.”

“Claro, siempre que llevas a un hijo al médico te pones nerviosa. Pones en riesgo lo más querido, y tienes que confiar en alguien extraño sobre cosas que no puedes juzgar. Por eso es tan importante el protocolo, la ética. Va y eso es lo que pasa en La Balear. Algo ha pasado ahí para que tanta gente se resista a los internos.”

“Pero si hubiera sido yo no espero tanto y me voy a otro hospital. Desde la Virgen se puede ir al Pediátrico del Cerro, al de Centro Habana o al Vedado, para que te vean en el Marfán o el Borrás.”

Mi esposo es de opinión similar, aunque su adjetivo de elección fue “irracional”. “Es irracional hacer sufrir a un niño en la sala de espera cuando hay facultativos.”

Bueno, los prejuicios nunca han sido muy racionales.

Publicado primero en Havana Times: http://www.havanatimes.org/sp/?p=100028

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