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Vivir en Cuba y ser Queer ha sido elección. Mi vida es un fino equilibrio entre el ejercicio de la maternidad, el feminismo y el marxismo crítico.

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martes, 17 de junio de 2014

Rutinas de fin de semana en La Habana

Para Havana Times, 16 de junio

 

 

Desde hace meses, tengo una buena rutina con RJ para los fines de semana.

 

“¿Qué vas a hacer hoy?” pregunta alguna de las abuelas en la mesa del desayuno.

 

“Voy al Parque de la Maestranza con mi mamá.” Responde sin levantar la mirada del plato de cereal. Así comienza.

 

No importa si es sábado o domingo, uno de los dos días me corresponde llevar a pasear al niño, y nos hemos acostumbrado al viaje a La Habana Vieja, que considero barato y educativo. El paseo tiene cuatro partes: guagua, palomas, almuerzo y parque.

 

Guagua: Salimos entre las diez y las once. Prefiero alcanzar la ruta 8, que pasa alrededor de las 10 30 am por la casa, pero he aprendido a no torturarme por el transporte público, si se trata de un paseo. Así que, si salimos a tiempo, nos vamos directo a la Plaza de Armas en la 8; si es un poco más tarde, haremos alguna combinación para transferirnos al P5. RJ disfruta muchísimo los viajes.

 

Supongo le gusta porque las guaguas significan una ruptura en su rutina, pues vamos a pie a todos lados durante la semana laboral (círculo infantil, tienda, panadería, bodega). También influye que le doy toda la autonomía que puedo: pregunto qué rutas elegir, cómo proceder, y le confío el pasaje: eso lo pone en la gloria. Hay que ver cómo se hincha de orgullo al recibir el dinero para el ómnibus y la seriedad con que mira al chofer al depositarlo en la alcancía. Por último, RJ todavía tiene una edad en que las personas son amables con él –las mujeres lo cargan, los jóvenes le ceden el asiento–, incluso en el híper-violento ambiente del transporte urbano habanero.

 

 

Palomas: Algo que no puede faltar en nuestras mochilas es un paquete de arroz o chícharos para alimentar a las palomas. ¿Desde cuándo es tradición en La Habana darle comida a palomas públicas? No  lo sé, pero no imagino las plazas de la ciudad vieja sin ese ritual colombófilo. Mucha gente se va a la Plaza de San Francisco por sus palomas, incluso es parada habitual de quinceañeras que completan el álbum de fotos con trajes “de época”. Pero yo no soporto esa explanada golpeada por el sol, donde no hay en qué sentarse mientras los niños corretean y la policía medra. RJ y yo vamos a la Plaza de Armas.

 

La Plaza de Armas es fresca, gracias a la fronda de sus árboles añejos. Rodeada de fuentes, la estatua de Carlos Manuel de Céspedes siempre me parece simpática. El sitio nunca está vacío entre las librerías de viejo, los cuatro museos, la biblioteca provincial, los tres locales de gastronomía y el hotel Santa Isabel. Las palomas están muy bien alimentadas, merced de los almuerzos de quienes trabajan en el área y montones de infantes que, como RJ, disfrutan verles comer.  Las palomas, que viven felices sin el concepto “dignidad”, nunca se niegan a una comida regalada.

 

Me siento en un banco y disfruto el ambiente. Varios vendedores vinieron a trabajar con las camisetas de sus equipos de futbol. Ahora aprovechan el alto del almuerzo para reunirse en una esquina del parque y discutir las posibilidades de la Copa Mundial. Del otro lado, un anciano está sentado junto a su estante de libros y artefactos fotográficos. Explica los valores de una anticuada cámara fotográfica a un veinteañero –¿su nieto?– y la charla deriva a la época “lejanísima” en que Alemania estaba ocupada por norteamericanos, franceses, ingleses y soviéticos. Dos turistas de acercan –parecen europeos–, y se suman al debate sobre los avatares de Alemania. Creo que llevarán la cámara, que es de la difunta RDA, entusiasmados por la conversación.

 

 

Almuerzo: Alrededor de la Plaza de Armas hay dos restaurantes en CUC –muy finos– y una cafetería llamada “Mundo Aborigen”. Es un sitio pequeño, parte del edificio del Museo de Ciencias Naturales –supongo que lo arrendan. Siempre tiene público porque la ubicación es excelente: de cara a la Plaza, entre el Museo y la Biblioteca “Rubén Martínez Villena”. Los precios son los mismos que el resto de la ciudad –espaguetis a 10 NM–, pero las raciones abundantes, la atención rápida y amable.

 

De hecho, suelo pensar en “Mundo Aborigen” como un restaurante porque, además de la barra con sus exhibidores y la fuente de refresco, tiene cinco mesas con sus sillas y usan platos de loza y cubiertos de metal, nada de material desechable –dinner, le llamarían a un local así en Estados Unidos, creo.

 

Me gusta que RJ se ejercite en el proceso de ordenar, esperar que le sirvan, comer mientras otras personas se mueven alrededor con sus propios asuntos. Cómo “comer fuera” no es tan sencillo, demanda seguridad, discreción, buenos modales, una dinámica que me parece importante inculcar desde temprano.

 

Otras veces ando corta de plata y llevamos el almuerzo desde casa: huevos duros, emparedados, algún jugo. Un picnic en la Plaza. Las palomas se acercan de nuevo. ¿No estaban llenas con el arroz de hace quince minutos?

 

 

Parque: Una vez saciado el cuerpo, se impone alimentar el espíritu. Alrededor de la Plaza de Armas y en calles aledañas hay suficientes museos para que RJ elija. El de ciencias es seguro. Apenas se detiene en las vitrinas de mariposas o el cráneo del cachalote. Vamos a la sala infantil, con juegos de mesa y animales pequeños disecados que él puede tocar. Después bajamos a la galería del mundo, donde la luz indirecta y los rugidos grabados agigantan al oso polar, el orangután y el lobo. Me tomó meses convencerle de que ninguno de los animales estaba vivo, y ahora entra, pero repite todo el tiempo un conjuro para repeler cocodrilos que aprendió con Dora la Exploradora.

 

Otra elección frecuente es el Museo de Historia Naval –en el Castillo de la Fuerza. Contamos las velas de los barcos, los mástiles y banderas. Trato de explicarle que en esos artefactos de madera llegaron acá gentes –pobres y ricas–, parientes muy viejitos de quienes ahora vivimos en Cuba, y se fueron el oro y la plata de la América. Paradoja para disfrutar: los restos de alfarería restaurados le interesan más que reproducciones de cofres llenos de monedas –debe influir que sabe para qué es un plato, pero no comprende el valor de los metales preciosos.

 

El final siempre es en el Parque de la Maestranza, ¡claro! Pasamos ahí fácil dos horas, entre el castillo inflable, divertimentos eléctricos –carrusel, tren, botes, sillas voladoras– y los aparatos tradicionales, como canales y columpios. RJ es incansable, porque tiene casi cinco años y está bien alimentado, así que puede recorrer las seis canales del parque varias veces sin descanso. Otra atracción que le fascina son los castillos: tienen escaleras, rampas, barras y canales para subir y bajar.

 

 

Yo me limito a aclarar las reglas básicas –no pelees, defiéndete, no te tires de cabeza–, buscar un lugar con sombra y dejarlo hacer. Total ¿no es su tiempo? No entiendo a quienes llevan a sus nenes al parque con batas de encaje, camisas de fantasía o zapatos carísimos y luego andan con las manos en la cabeza. ¿Cómo se juega en un parque sin sudar, tocar la tierra, y correr a donde lleve el viento? ¡Los parques no son desfiles de moda!

 

No es cosa nueva ¿ok?, recuerdo mi propia infancia y la manera “correcta” de comportarse. ¡Más aburrido!

 

Para el regreso, esperamos la 8 en la primera parada, en la boca del Túnel de la Bahía de La Habana. Generalmente me adormilo antes de llegar al Vedado y RJ me despierta.

 

Cuando lo veo dormir por las noches –ya casi ocupa su cama individual de lo largo que es–, me asalta la inquietud. ¿Cuánto tiempo podremos conservar esa cómplice rutina de paseos a Habana Vieja? ¿A qué edad RJ empezará a preferir a sus contemporáneos y ser escoltado le parecerá “humillante”? Imagino que me queda menos de una década y tendré que dejarlo ir. Espero ser capaz de notar las señales, de soltar su mano sin demasiados aspavientos cuando siga su camino. Mientras tanto… tenemos buenas rutinas él y yo.

 

 

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