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Vivir en Cuba y ser Queer ha sido elección. Mi vida es un fino equilibrio entre el ejercicio de la maternidad, el feminismo y el marxismo crítico.

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jueves, 19 de junio de 2014

Gracias por el gol

Havana Times, 19 de junio - En la primavera de 1990 el mundo, tal y como yo lo conocía, se caía a pedazos. No lo sabía, aunque era una buena pionera que leía Granma, Zunzún y Sputnik. Creo que tampoco mis padres se dieron cuenta de que el “socialismo real” se caía a pedazos. Mamá y Papá no tenían tiempo para preocuparse por Moscú y Fidel, sino de los resultados de análisis de sangre, placas y cirugías. Yo no podía ni recordar el tiempo en que leer el periódico para ser la más informada del aula importaba, solo trataba de llegar viva a la mañana siguiente.

 

Era 1990, junio, de mañana, yo estaba inmóvil en la cama y Papá encendió el televisor. Apenas podía moverme, pero el gesto era tan extraño que mi cerebro mandó la orden de pestañear a los párpados apenas restaurados. “Mira, Yasmín, están jugando futbol”, dijo, como si eso lo explicara todo.

 

El futbol nunca me había interesado porque era un deporte europeo, o sea, de gente que no se baña todos los días. Aunque fuera popular para nuestros “hermanos” del campo socialista, siempre imaginaba que tales juegos estarían acompañados de la tremenda peste de veintidós tipos que corrían de aquí para allá sin haberse lavado los sobacos por la mañana, ni planes de bañarse tras terminar el juego.

 

Era una visión infantil, claro. Mi imaginación excluía la peste adicional de la hinchada euroriental –igual o aún más desaseada que sus equipos–, y el hecho de que también en México se juega –y bien- el balompié, es un país latinoamericano donde la gente si se baña.

 

Para quienes lo supieran, también allí hubo señales claras de que el mundo se caía a pedazos: el equipo soviético sería barrido por Rumanía y Argentina, no llegó a octavos de final. Lo importante en nuestra sala era que Cuba transmitía por primera vez la Copa Mundial de Futbol desde Italia, y había algo en la TV en las mañanas y las tardes muertas del hospital, cuando ya no tenía ganas de leer.

 

El futbol seguía siendo algo vagamente inútil –soy una antideportiva– y ajeno –la pelota si es la cosa–, pero ver a las personas emocionarse a mi alrededor –otros niños ingresados, padres y madres deprimidos, enfermeras impacientes, médicos hasta entonces hieráticos– me recordó que había vida más allá de las paredes asépticas de mi sala, y más cerca que los escenarios interestelares o mágicos de mis libros.

 

La gente alrededor se volvió interesante porque, ¡cosa rara!, hablaban entre si de un tema ajeno a la medicina. Hasta entonces, los gritos compartidos entre pacientes se limitaban al terror que la sala de curas provocaba. Ahora los “árbitro ciego”, “pásala” y “tremendo choque” saltaban de una habitación a otra, simultáneos en alegría o ultraje.

 

¡Gol! El grito de triunfo saltaba de cama en cama, de cuarto en cuarto. ¡Gol gol gol gol gol, chico! El temblor de los tubos fijos en narices o gargantas. ¡Goooooool! Las pantallas de los monitores cardiorrespiratorios locas. ¡Goooooooooooool! La vocal alargada hasta el límite de los pulmones dañados.

 

La vida sigue adelante. Aguanta un injerto más, una infección oportunista, un paro respiratorio. Saldremos de esta.

 

Ya no recuerdo si me fui del hospital antes o después del fin de la Copa –y no molestaré a mi madre con semejante consulta cronológica–, pero cada vez que regresa el Mundial pienso en esa mañana: brillan en la pantallita los brillantes uniformes de verde y amarillo.  Así que debe haber sido el 10 de junio: Brasil vs Suecia en el grupo C, desde Turín.

 

Por cierto, el Mundial Italia´90 lo ganó la República Federal de Alemania (RFA) el 8 de julio, por goleada a Argentina. Siete semanas y seis días después (31 de agosto), la RFA también se llevaba por delante a la República Democrática Alemana, que se rindió bajo la metáfora de “reunificación”. ¿Cómo hacen ahora con las cronologías de premios deportivos?, me pregunto a veces.

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