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Vivir en Cuba y ser Queer ha sido elección. Mi vida es un fino equilibrio entre el ejercicio de la maternidad, el feminismo y el marxismo crítico.

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jueves, 10 de julio de 2008

CRÓNICAS DESDE LA MITAD DEL MUNDO 6: Lugares de ambiente

Primera parte: De un ambiente a otro

Era viernes, yo recordé con amargura que los viernes 13 solo le sirven a Hollywood y colgué exasperada el teléfono por cuarta vez sin poder conseguir un taxi. En la pantalla, Family Guy había dejado paso a The Simpons, pero yo no estaba para reírme con –¿de?, ¿gracias a?– la cultura pop junto a mis compañeras de apartamento. Deseaba llegar a tiempo –cosa rara en mi- y casi lo había logrado en lo referido a higiene, vestuario y maquillaje, pero el tráfico me estaba jugando una mala pasada.

Harta de jugar a la inseguridad ciudadana, bajé a la calle decidida a abordar lo primero que pasara y echando de menos –una vez más– el sistema de transporte de Cuba, el Estado policial y la solidaridad de los choferes de autos particulares. A la salida de la gasolinera de la esquina hallé un taxi, y llegué penúltima al lobby de la Facultad, donde parte del grupo esperaba para pasar una noche sumergid@s en “ambiente” nada académico.

Loquilla, Mamá Otavalo, Macabea, Sureña, Orito y Guía ya estaban allí, Anticlínica llegó un instante después. Todas vestidas de fiesta. La única que parecía seria acerca del asunto de la “salida de campo” era Niña, un tanto extemporánea en su rol de profesora y con una voluminosa mochila a la espalda, como si el paseo fuera al Amazonas.

Mientras nos apretábamos en el auto de Macabea, pensé un poco en todo eso de “ambiente”. ¿Quién habrá inventado tal acepción para la palabrita? En todo caso tiene carácter transnacional, porque en mi tierra también se dice. Pero, allá es “de ambiente” un sitio público –heteronormativo– secuestrado para el encuentro gay. Lo concebido por y para l@s LGBT se llama “fiesta” y carece de fijación espacial. El término es útil por su aparente inocencia –yo y media Habana protagonistas de El Código Marica–, carente de significados subversivos para las personas ajenas al asunto.

Llegamos al bar, primera escala de la noche, donde debemos comer algo y esperar por Gafitas, Pato, Activista y Bogotana. El sitio es pequeño: un salón en forma angular con una breve barra, pantallas donde se proyectan imágenes incongruentes con la música y paredes cubiertas de grafitis de l@s parroquin@s. La mayoría de usuarios son mujeres, me pregunto brevemente si es siempre así o si el público cambia a medida que pasan las horas. Las ofertas son pocas y predominan las combinaciones de alcohol. Como la noche es joven, pido una taza de café y fijo mis ojos en la pantalla donde el desfile de muslos bronceados en la arena lucha con la realidad de abrigos y bufandas.

Intermedio 1: La Habana, verano de 1997

–¿A dónde vas? –preguntó mi madre cuando terminaba de calzarme las plataformas de madera.
–Con Lázaro a una fiesta.
–¿Fiesta de quién? –insistió ella.
–Yo qué se –repuse con falsa despreocupación. –Es una de esas fiestas particulares de en las que cierran la calle, puedes ir y bailar sin mucho lío.

Mi madre asiente, feliz de que yo actúe como una muchacha normal y use mis vacaciones antes de entrar a la universidad para bailar y conocer gente. Si ella supiera…

Ando hasta casa de Lázaro, juntos tomamos un ómnibus en dirección al centro. Por el camino va subiendo gente que conocemos, pero saludamos a poc@s. Tod@s tenemos que ir al centro para averiguar dónde es la reunión hoy. L@s más afortunados podrán pagar un taxi luego, otr@s tomaremos una segunda ruta del transporte público para ejercitar por enésima vez la ignorancia, para fingir –con voces aflautadas y manos que se agitan por gusto– que no nos importan las miradas acusadoras de las buenas personas.

Segunda parte: Espacios personales de expresividad

Al rato llegó Gafitas a Tantra y contactamos a l@s faltantes por teléfono. Como no había nada sólido, algunas buscamos un restauran en la zona. Tras la comida marchamos al Blackout, en la puerta estaban ya Pato, Activista y Bogotana, el grupo de investigación al completo.

Gente amable en la puerta y el guarda–abrigos. Pocas personas en la pista de baile – apenas hace cuarenta minutos que abrieron– lo que me permite observar el espacio: paredes grises, con una barra estrecha donde poner bebidas a todo lo largo y banquetas en frente; la débil luz viene de varios nichos de color naranja y pantallas de vidrio grueso, dispuestos en conjuntos de tres a lo largo de las paredes; una lámpara de neón verde y rojo lanza líneas oscilantes que barren el suelo de color oscuro –no tienen el objetivo ni la intensión de disminuir la penumbra reinante, acaso la refuerzan–; al fondo a la derecha el espacio del DJ, definido por un mesón; frente a él una plataforma, con la altura de un escalón común.

A mitad de la pared derecha una escalera marca la boca de la escalera al piso superior. Las paredes aún son grises, pero acá hay mucha más gente y menos espacio: estamos en el bar. La barra al fondo, mesas redondas ancladas al suelo, una baranda desde donde se ve el escenario, un poco más allá el sanitario.

Me apoyo en el balcón y observo a varios gays saludarse con besos en la mejilla. Hay pocas mujeres y no diviso adolescentes, solo personas por encima de los veinte y algún que otro cuarentón. Trato de que el ambiente ya cargado de humo no me moleste en los ojos cuando

Macabea me llama:
–Caribe, mira, hay nudistas.

Giro y sigo la dirección que señala su mano: Por encima del escenario, en las paredes del fondo, hay dos salientes con sus correspondientes barras verticales, es evidente que ahí deberían estar l@s danzantes con poca o ninguna ropa, pero no adivinamos cómo llegarían ahí, excepto por escaleras desde el suelo. Sobra decir que están vacíos.

Después de que mis compañeras obtienen sus bebidas volvemos abajo y empezamos a bailar. El grupo se ha dispersado: Gafitas permanece arriba, no volveré a verlo en toda la noche; Guía y Activista se la pasan saludando amig@s y bailando con un par de académicas de paso.

Niña se inclina para preguntarme si hay lugares así en La Habana.

–Si, y la sociabilidad es bastante parecida, pero los locales no son tan bonitos.

Creo que no es el lugar para contarle sobre las “fiestas” itinerantes, el peligro de la policía toda la noche y lo difícil de moverse en la ciudad de madrugada.

Pato aparece con un par de conocidos, los tres se suman a nuestro círculo. Al principio todo va bien, pero al rato me doy cuenta de que los amigos de Pato se están robando el espacio.

No lo hacen apropósito, pero son varias tallas mayores que nosotras y bailan a lo grande, con las piernas bien separadas y moviendo los brazos. En comparación Mamá Otavalo y Orito, justo a su lado, parecen bailar con miedo, con pasos cortos y sin excesivos gestos. Miro un poco más allá, tratando de discernir si son ellos o son los hombres.

El local se ha ido animando, los varones aún predominan. Bailan casi todos en pareja y, como los amiguitos de Pato, en espacios amplios que marcan con sus brazos y pies bastante abiertos. Probablemente por eso el sitio ya parece lleno aunque apenas son las once de la noche: tanto despliegue complica el movimiento de un lado a otro y la inserción de nuevas personas. Las pocas mujeres que veo bailan, en efecto, ocupando mucha menos área.

En eso creo que Blackout no se parece a mis antiguas fiestas.

Intermedio 2: La Habana, otoño de 1998

Me detengo en la acera mientras la luz del semáforo cambia. El grupo me ha visto, y mi hermano se adelanta para esperarme en el borde de la calle. Cruzo, le doy un sonoro beso y caminamos donde los otros.

–Estás muy linda hoy –es el saludo de una de las locas del grupo.
Doy una vuelta sobre mi misma, modelando, y agito las largas trenzas atadas con ligas de colores brillantes.
–Estoy en una fase femenina, pero –levanto los bajos del pantalón triunfante– ¡zapatos de hombre!

Un coro de risas me responde y nos vamos a buscar el transporte para la fiesta de hoy. Avanzamos ocupando toda la acera. No contenemos el volumen de nuestras voces ni la norma de los gestos. La calle es nuestra, estamos aquí y más vale que se acostumbren –¡y todavía no conocíamos a Butler! En la cola para abordar se suman otr@s, algunos casi niñ@s, y nos saludamos con besos y abrazos.

El ambiente es bueno hoy, sin demasiado calor ni nubes. La fiesta se ha organizado en un espacio circular con paredes de zinc, el suelo es bastante regular y las cervezas alcanzan hasta la madrugada.

Regresamos a pie, son unos tres kilómetros hasta la parada del Metrobus.

Tercera parte: Violencia sexual

Sigo bailando, oscilo entre mis recuerdos y la realidad. La atmósfera está pesada por los cigarros y el humo artificial, las líneas de luz verde y roja se mueven, distorsionando aún más las figuras alrededor.

Un brazo grueso cae sin aviso sobre mi hombro: un gordo de no más que 1 55 de altura y gafas oscuras -¿qué ve él si yo apenas distingo el color de las ropas?– pasa sus manos por encima de mí y de Orito. Ella se separa brusca, yo más despacio. No me molesta bailar con él. Improvisamos un par de evoluciones, el Gordo mueve la cabeza sobre su cuello casi invisible, se quita las gafas oscuras, entorna los ojos, todo él en papel de Diva.

De repente, cuando me acerco para volver a girar, golpea mis nalgas con ambas manos y me pega a su cuerpo con fuerza. Quedo absolutamente descolocada –¿no era una loca?–, cuando repite el gesto ya casi tengo la cabeza en su lugar, pero alguien me aparta, impidiendo que lo empuje o golpee. Macabea se ha puesto en el medio con paso decidido, ella es alta, de cuerpo imponente y el gordo se pierde en la penumbra de la que surgió sin un comentario.

De nuevo estoy con las compañeras, Niña me observa con intensidad, yo trato de restarle importancia al asunto:

–Los ecuatorianos son irrespetuosos con las mujeres tengan la orientación sexual que tengan –le comento.

Ella asiente, es imposible saber si porque coincide o porque le satisface verme tranquila. La verdad es que me fastidia un poco haber tardado tanto en reaccionar, pero es que, en La Habana, la idea de ser gay incluye no tocar de esa manera al otro sexo. Aun entre los heterosexuales un gesto así le habría ganado un buen bofetón. No conozco a nadie capaz de comportarse de modo tan desagradable con una pareja desconocida.

Intermedio 3: La Habana, primavera de 2000

Salgo de la sala de proyección con el corazón latiéndome a mil. En lo que el aristocrático acento de Jude Law queda atrás, veo a mi novio sentado en la recepción, con su cara de tranquilidad británica, anacrónica y fascinante.

–¿Llegaste hace mucho?
–Ahora mismo –sonríe y se adelanta para besarme los labios.

Yo retrocedo, golpeada por la súbita consciencia del sitio donde estamos. Oscar Wilde se apoya en su bastón y mira divertido la escena. Su desafiante y andrógina pose atrapada en el cartel del II Segundo Encuentro Nacional de Arte Homoerótico. Estamos en la recepción de La Madriguera, casi tod@s suspiran por Jude Law –encarnando a Lord Alfred Douglas con crueldad suprema– en la sala de la cine, pero un chico prepara los refrigerios en la otra puerta.

–¿No te da vergüenza exhibir tus tendencias aquí? –digo para tratar de explicarme.
El sonríe socarrón
–No sabía que los gays también eran unos intolerantes.

Cuarta parte: De los efectos de la abstinencia

Me gusta que pongan piezas “viejas”, de los noventa. Las conozco, se cómo bailarlas, me evocan épocas más sencillas y esperanzadas. Ya es tarde para Anticlínica, que se despide con premura, en la calle la esperan, feliz ella –pienso con algo que se parece a la envidia.

Loquilla sigue cerca de mí. Hace un rato nos rozamos los labios, fue breve, solo lo suficiente para saber que no está borracha, que no se calló sobre mi por error. Ahora viene otra pieza que me gusta y veo sus ojos brillar. La pelota está de mi lado –odio las metáforas de tenis–, así que me acerco y nos emparejamos. La sincronía es casi perfecta y poco a poco pasamos del ritmo de la música al ritmo de nuestros latidos.

Bajo la cabeza hacia su cuello. Su amplia mata de pelo color cuervo huele bien, ha permanecido aislada del aire denso por humo y sudores que nos rodea. Los sonidos pierden nitidez. Se que fuera la música es frenética, que la gente se grita para hablar, que mantiene espacio y ritmo a golpe de empujones. Lo se, pero no lo veo. Solo veo el rostro de Loquilla, pálido bajo la luz incierta de los nichos, con su pelo oscuro apenas oscilando en nuestro balanceo.

Nada es normal, ni la cámara lenta, ni el olor de la noche, ni este arranque de exhibicionismo. Nada es normal cuando vas a una disco gay después de cinco años viviendo una vida respetable, en una ciudad que no es la tuya y aguantando casi siete meses de abstinencia sexual. Benditos sean los pantalones de tela elastizada.

Nos separamos y reímos como dos niñas malas. Nadie dice nada, pero yo miro alrededor con otros ojos: Dos jóvenes están apoyados en la pared, casi junto a la escalera que da al bar, se han sacado las camisas y bailan el uno para el otro, mostrando sin temor sus pechos depilados. Un par de chicas aún no se entera de que Guía necesita pasar. Mi compañera las empuja contra una banqueta para abrir camino, pero ellas ni se inmutan y con dos pasos a cuatro pies recuperan el equilibrio. La plataforma desborda energía, quisiera un poco de ella. Poco después Niña da la orden de retirada y la Bogotana me hace el favor de llevarme en su auto.

Final: Olores persistentes

Ya en casa maldigo nuestro anticuado sistema de calefacción, pues esperar cuarenta minutos por una ducha caliente me rebaza. Me conformo con lavarme bien la cara, las manos y la boca en lo que repaso los episodios de la “salida de campo”: tuve muchos recuerdos, fui víctima de la violencia sexual de una maricona gorda y bajita, comprobé que ya no puedo –ni quiero– seguir las canciones de moda, liberé hormonas, vi gente con la que me sigo sintiendo identificada.
No creo que vuelva pronto al Blackout, demasiado caro y ruidoso. El Tantra es otro cantar. Siempre es agradable tomar un café y tener derecho a escribir en la pared.

Para mi las discos son cosas de y para jóvenes. Que gente mucho mayor que yo tenga que ir a esos lugares a socializar me parece un índice de la falta de espacios sociales del grupo LGBT. Después de los treinta uno debe poder ir a lugares libres de humo, para tomar un buen trago con l@s amig@s y hablar del precio del petróleo, lo tonta que es la empleada nueva y el avance del campeonato de tu deporte favorito. Lugares donde no temas, pero tampoco te persigan los persistentes olores del sudor, la nicotina y el sexo.

Sacudo la cabeza, tratando de despejarme para aprovechar lo que queda de noche. Tengo la certeza de que nadie que conozca ha muerto por hambre, un aborto mal hecho o una mina antipersonal oculta. El mundo y yo estamos de nuevo sincronizados.

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