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Vivir en Cuba y ser Queer ha sido elección. Mi vida es un fino equilibrio entre el ejercicio de la maternidad, el feminismo y el marxismo crítico.

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viernes, 4 de mayo de 2007

EL AMANECER

Dice un amigo mío que el amanecer allá en San Agustín es maravilloso, porque se siente a los pájaros, y el ruido de los motores de los autos es detenido por el follaje de sus frutales. El sol penetra poco a poco entre las ramas hacia la casa, de modo que hay penumbra; entonces él atraviesa el patio, hacia la calle, y la luz le descubre de repente el cielo. Todo muy "bucólico y pastoril" ¿no? Me muero de envidia por tener una casa con patio, frutales, agua corriente, etc., etc., etc. y etc.

Mi realidad es otra ¿sabes? Los amaneceres a lo largo de la Vía Blanca son una mierda. Me di cuenta hoy porque ayer, en el teléfono, mi amigo me contó de su amanecer, así que hoy yo me fijé en el mío. Ya te digo: una mierda.

La calle está oscura a eso de las 6:10, que es cuando salgo a luchar el camello. No, no se trata de que el sol todavía no se incorpora a su jornada laboral, sino de que más o menos la mitad el alumbrado público está fundido pa'l carajo, así que tú ves las siluetas de los autos, los camiones, las guaguas, la gente, ¡y gracias que ves siluetas! Poco a poco el cielo se despeja, pasa de morado desteñido a azul, y el azul se va aclarando: parece la camisa de un niño mataperros mal lavada con jabón de la bodega.

Aquí entra en juego Green Peace. Los alegres gases de nuestra pujante y moderna industria se amontonan en la parte baja del este cielo arrabalero, se logra un contraste de profundas resonancias cubistas entre el azul empercudido –del ya mencionado mataperros– y el gris verdoso de los gases, para que la salida del sol me recuerde la penumbra verdecita de San Agustín. El efecto es el de una luz poco intensa que se cuela por una ventana de cristales empolvados.

En ese momento mi percepción de la alborada se vuelve itinerante: el camello pasa entre 6:25 y 6:30. Ay de quien no lo agarre. En el estómago del monstruo los rayos del sol y de los bombillos de veinte watts se amalgaman, generan una irradiación amarilla que me prepara para la parada de la Virgen del Camino.

El resto es la aurora que se impone a los gases, bastante visibles hasta eso de las siete, cuando se confunden con el resto de las nubes. Me gustaría saber tu opinión al respecto, pero yo ya he sacado mis propias conclusiones: hay que permutar para San Agustín y comprar pu–pu, para que el amor por la ciudad sobreviva.

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