Temas más frecuentes

Temas más frecuentes

Algo como una ficha

Mi foto
Vivir en Cuba y ser Queer ha sido elección. Mi vida es un fino equilibrio entre el ejercicio de la maternidad, el feminismo y el marxismo crítico.

Reglas para comentar

1) Los comentarios ofensivos serán borrados
2) Los comentarios deben tener alguna relación con el tema del post
3) Se agradecerá el aporte de argumentos con referencias para que podamos ampliar el debate

lunes, 7 de mayo de 2007

CAMINO DEL TRABAJO

Hoy tuve una aventura ecológica casi llegando al trabajo.

Al cruzar la Avenida del Puerto hallé, en el separador, un pequeño murciélago moribundo. Me pregunto cuánto tiempo llevaría en el asfalto, respirando de modo entrecortado, con toneladas de ruidos y luz a su alrededor.

Saqué un nylon de la cartera, lo tomé y levanté un poco. Una baba sanguinolenta, supongo que un efecto de su aterrizaje forzoso sobre el asfalto, me puso al borde de las lágrimas. Pero tuvo fuerzas todavía para escapar de mis manos y volver a terreno sólido...

Entonces me decidí, volví a tomarlo dentro del sobre improvisado (no es asco, es que recuerdo muy bien que puede transmitirme la rabia o la leptospirosis) y crucé la calle, hacia los arbustos que están cerca del foso del Castillo de la Fuerza. Sé que no es el más saludable de los lugares, pero me imaginé que ahí tendría un ambiente menos agresivo, acaso hasta encontraría alimento y se recuperase.

Al tenerlo levemente retenido sentí los cortos y desesperados latidos de su corazoncito. En ese momento recordé a otro murciélago, allá en la Lenin, debajo de una escalera. Su ¿codo? se había atorado dentro de una almendra... -Situación casi surrealista digna de nuestra realidad, sin duda. El animalito aquel se retorcía en el piso, boca arriba, tratando de estirar su ¿"pata" o "brazo"? inútilmente. Los alumnos se deslizaban alrededor, pues su tamaño le impedía pasar desapercibido. Yo me detuve. Oír los gimoteos, que iban perdiendo fuerza, me frenaba la marcha. Alguien habló de ayuda, "Rabia...Leptospira" invocaron. Pero no pude seguir. Baje al patio y traje dos ramitas con las cuales hice palanca sobre el fruto medio podrido… Luego con escoba y recogedor llevé al bicho bajo el sótano. No se si sobrevivió, traté de no preguntármelo en esos días, y me parece que no lo recordé hasta hoy, con esa respiración trabajosa expandiendo también mis manos.

Era como poner la cabeza sobre el pecho de alguien que acaba de tener un orgasmo, el latido es muy intenso, tanto que la percepción se asordina y parece débil, agonizante. ¿Pequeña muerte llaman al amor? Sin duda sería pequeña y cruel esa muerte.

Detenida por el tráfico percibí sus intentos de arrastrarse fuera de lo que debía parecerle celda, "Tranquilo, ahora estarás en un sitio más parecido a casa" –ahí me acordé del cuento de Bradbury "La Avispa"… Pero yo no tengo auto, y sabes que no soporto a Bradbury por sus finales– Ya pisando la hierba húmeda me sentí tonta. ¿De qué sirve alejarlo del peligro de que un carro de los que parquea en la zona le atropelle si pronto morirá? ¿Morirá?

Me incliné junto a los arbustos y aflojé la mínima presión que le retenía. El animal empezó a reptar con energía entre las ramas del suelo. Primero dio una vuelta en redondo, luego enfiló hacia el interior de la sombría minifloresta. Supongo que usaba ese eco subsónico que le falló anoche, porque tras un par de tanteos parecía reconocer el terreno. Las uñas de sus dedos índices –diminutos puñales curvos color medianoche– se prendían de la tierra para que sus patitas traseras –apenas unos hilos con agujas en cada extremo– pudieran avanzar; a través de la fina piel del torso, apenas cubierta de pelusa, el movimiento lento y acompasado de sus hombros reveló alguna reserva de fuerza puesta en juego con este cambio de circunstancias inesperado. Esperé un poquito ahí, hasta que alcanzó la sombra. Acaso encuentre insectos u otra cosa de comer entre esas matas. ¿Verdad?

Al entrar en la oficina Nora escuchaba una canción de amor de Silvio Rodríguez y la acompañaba a voz en cuello. Pero yo… Lágrimas, de impotencia supongo. Le conté del bichito, de su boca ensangrentada, de los arbustos.

Nora me ha consolado un poquito, dice que el murciélago es una metáfora del mundo, que mi esfuerzo le da una oportunidad de vivir a él, de invertir esa energía que vi desplegarse en cuanto reconoció el medio propicio al que no podía llegar por sí mismo.

Abro el CD de la Biblioteca y leo:

"Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire./ El que agradece que en la tierra haya música./ El que descubre con placer una etimología./ Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez./ El ceramista que premedita un color y una forma./ El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada./ Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto./ El que acaricia a un animal dormido./ El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho./ El que agradece que en la tierra haya Stevenson./ El que prefiere que los otros tengan razón./ Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo ".

Pero no quiero sentirme un personaje de Borges, aunque sea el poema "Los Justos".

Ahora solo necesito consuelo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Qué opinas...?